ASOCIACIÓN PRO MÚSICA

AMADEO L. SALA

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LA TORRE DEL DESTINO - III

            Pocos segundos tardó el ascensor en subir al único piso que había. Sonó el timbre indicando la llegada al ascensor. Las puertas se abrieron de par en par mostrando un angosto y mal iluminado pasillo. No lograba distinguir el final.

  • Continúe hasta el final del pasillo y entre. No es necesario que llame. – dijo la figura de su izquierda.

            Le miró a la cara, oculta bajo la túnica, pero no logro distinguir nada. Se giró dirección a donde le habían indicado. Las figuras se pusieron una enfrente de la otra, ignorándole por completo. Comenzó a andar hasta el final del pasillo, pensando en que en unos metros lo descubriría todo. Colgados de las paredes cuadros con algunos de los doce pasos de la crucifixión de Cristo, el alzamiento del diablo, el apocalipsis… Una extraña decoración. A pesar de la mala iluminación del pasillo, observó la puerta. De color marrón verdoso, los ribetes de mármol constituían las esquinas unas cabezas de dragón y en el centro una cabeza de macho cabrío al que le faltaba uno de los cuernos. Le esperaba su destino.
            Giro el tirador y abrió. La habitación iba acorde al resto de las salas de la torre. La sala, iluminada por una tenue luz procedente de las velas de la mampara del techo, tenia forma de media luna. En el centro de la sala, una mesa de roble con solo un par de sillas a juego. A los lados, dos pequeñas bandejas con brasas. Al fondo una única gran ventana situada en  posición horizontal, desde donde se veía toda la ciudad, el cementerio, y mas allá de la antena de alta tensión. Bajo ella se alzaba una tarima con siete asientos en los que unas figuras con túnicas esperaban al individuo en cuestión.

  • Acérquese al centro de la sala. No sabe quiénes somos, pero lo sabemos todo de usted. – dijo una de las voces, sin poder averiguar quién era el dueño.

            Se acercó a la mesa quedándose de pie. Escuchó un ruido a su derecha, de una puerta que no había visto desde la entrada. Apareció una camilla con cintas para poder atar al paciente llevada por otro extraño ser con túnica.

  • Túmbese. – ordenó la misma voz de antes.

            Entre el nerviosismo y la desconfianza, se tumbó. El extraño ser, le ató las manos, los pies y le pasó una cinta por la cadera. Giro un pequeño eje que se encontraba bajo la camilla, y esta se elevó por la parte superior. Quedó inclinada en diagonal, de cara a los siete extraños seres.

  • Lo que le haremos a continuación, es hacer que recuerde toda su vida. Sentirá un leve escozor.

            Indicando al extraño ser con un gesto afirmativo, sacó del bolsillo un colgante de oro. Lo metió en una copa con un extraño líquido viscoso. Agarrándolo por la cadena, dijo unas palabras en un idioma desconocido para él, para después colocar el medallón sobre su frente. Durante un par de segundos, quedó suspendido hasta que cayó una gota viscosa.
            La frente comenzó a absorberla hasta que a los pocos segundos desapareció por los poros de la piel. Notó un leve escozor, y después como un disparo, una ráfaga de imágenes formaba los recuerdos de su memoria. Desde su principio hasta su fin.

            Johnny Flagelo. Ese era su nombre. Nacido en el seno de una familia de clase media-baja, procedente de un pequeño pueblo vinícola, cuyo padre trabajaba en el mantenimiento de vehículos pesados y su madre como funcionaria en el ayuntamiento de la localidad. Su vida durante la adolescencia, fue más de un muchacho solitario que el típico universitario guaperas capitán del equipo de su universidad. Sus padres no tardaron mucho tiempo en divorciarse cuando él apenas tenía 12 años, quedándose con su madre, ignorándoles su padre por completo. Tras terminar los estudios, se marchó de casa para comenzar a buscarse la vida y poder independizarse. Conoció a una bella mujer de la que se enamoró fuertemente. Eran la pareja que provocaba las habladurías de los demás. Se querían, se adoraban, estaban hechos el uno para el otro. Tuvieron una niña preciosa de ojos claros y cabello rizado. Era un regalo de Dios con carita de ángel.
            Entró joven en el Ejército. Al principio más por necesidad que otra cosa, pero a medida que pasaba el tiempo, se iba integrando más en él. Allí aprendió un oficio con la instalación de antenas eólicas y de electricidad. Al mismo tiempo, se benefició de un fuerte entrenamiento militar junto con la oportunidad de poder viajar a otros lugares de misión de paz. Decidió intentar hacer carrera ascendiendo a sargento. La vida les sonreía. Hasta que llegó el día en que la buena dicha, se torno en desgracia. Regresando de recoger del colegio a la pequeña, un todo terreno se saltó un semáforo en rojo y embistió el coche. Iba por encima del límite permitido. Las dos murieron, la preciosa niña murió al instante, siendo ella quien recibido el mayor impacto. Su bella mujer, murió camino del hospital por hemorragia interna y traumatismo craneoencefálico. El conductor del todo terreno, sobrevivió. Tras celebrarse el juicio, el conductor salió libre gracias a que su familia tenía demasiados buenos contactos con la justicia. Dejando a un hombre sin nada a lo que poder amar, con un gran sentimiento de impotencia, provocó renuncia definitiva del ejército y el comienzo de su declive personal.
            Se echó de lleno en la bebida hasta llegar a tocar fondo, del que jamás logró recuperarse del todo. Incluso llegó a abusar en exceso de los servicios de las meretrices, llegando a quedarse sin dinero a los dos días de haber cobrado su jornal. A punto estuvo de perder el juicio, sufriendo cada noche la misma pesadilla, pero gracias a una pequeña ayuda indirecta de su padrino, alertado por su madre muy preocupada por su situación, consiguió meterle en un centro de rehabilitación del que consiguió salir del bache, para después encontrarle un trabajo sin futuro en una pequeña empresa, filial de otra, de la que este tenía un alto cargo dentro del comité de dirección. Sólo, yendo a trabajar y volviendo a casa en la soledad, no pasaron muchos años hasta poder conseguir hacerse con una reputación como buen trabajador, pero ni aun así, el fantasma de la bebida continuaba en su interior con demasiada frecuencia.
            Hasta que cierto día, yendo a hacer su aburrido y monótono último trabajo. Subió a lo alto de una montaña cercana en donde una de las antenas de electricidad había sufrido una extraña subida de tensión. Subido a lo alto de la antena para arreglar el problema, sufrió una fuerte descarga de 10.000 voltios de energía. Quedo pegado a la estructura de metal durante unos segundos, cayendo desde una altura de quince metros. No lo mato la descarga, sino la fuerte caída que le aplastó el cráneo contra el suelo.

 

            Abrió los ojos de golpe. Le había vuelto toda la memoria de golpe. Ya era dueño de su pasado. Ahora debía ser el dueño de su futuro.
            La camilla seguía inclinada hacía ellos. Miró uno a uno a cada una de las figuras, intentando descubrir algún nuevo detalle. No se había percatado de que ahora había dos antorchas encendidas a ambos lados de los esenciales. Todos tenían su toga oscura de color negro. De altura y forma parecida entre los siete, no se les distinguía claramente las facciones de la cara.

  • Señor Flagelo. ¿Espero haya recuperado la totalidad de su memoria?
  • Si. – dijo John molesto. – Al menos creo que es la misma.
  • Me imagino tendrá varias preguntas que querrá hacernos. ¿Verdad?
  • Sí.
  • Entonces, adelante.
  • ¿Qué es todo esto?
  • Es una vista oral en la que le juzgaremos y dependiendo del veredicto se decidirá su destino final.
  • ¿Pecados? ¿Qué destino final?
  • Nos basamos en los siete pecados capitales para juzgar las almas. Dependiendo de los cometidos, se le realizará una prueba de castigo que estará obligado a superar.
  • ¿Qué ocurre si la supero?
  • Conocerá a un personaje muy entrañable a las puertas del cielo.
  • ¿Y si no?
  • Arderá en el infierno eternamente. Aunque esto último no es muy agradable, si le soy franco. ¿Algo más que deseé preguntar?
  • No.
  • Bien. Entonces decidamos su destino.

Acuarela, VITRIA.

Fin del tercer capítulo

 

A. Alfonso L. Sala Baach

     
   
 
 
     
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