ASOCIACIÓN PRO MÚSICA

AMADEO L. SALA

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LA TORRE DEL DESTINO - II

            A medida que iban adentrándose en la ciudad, iluminados por la vaga luz que les proporcionaba la luz de la lámpara de la extraña figura, comenzaron a encontrarse un paraje de lo más desolador. No había el mínimo indicio de movimiento. Era como si el tiempo hubiese pasado inexorablemente destrozándolo todo. Andaban por lo que era la avenida principal. Rodeados de caos y pobredumbre, los vehículos, las calles, los edificios, todo estaba muerto.

 

 

  • Es una pequeña parcela del mundo como en la que vivías, pero con la diferencia de que este se detuvo en el mismo momento de tu muerte. Una pequeña burbuja que tiene un objetivo concreto. Mantenerte hasta que seas llevado a tu juicio.
  • ¿Cómo que mantenerme?
  • Vagar por la tierra durante un periodo indeterminado hasta que venga a por ti.
  • ¿Vengas? ¿Solo estas tu para hacer esto?
  • Si.
  • ¿Y si muere mucha gente de golpe?
  • El tiempo corre muy lentamente aquí. Las voy recogiendo una a una. Cada día que pasa es el mismo cada vez. Al despertar, no recuerdan nada del anterior. Además, con toda la eternidad para recogerlas, me lo tomo con un poco de filosofía.
  • ¿Qué hiciste?
  • Un error cometido hace mucho tiempo.
  • ¿Cuánto tiempo llevo muerto?
  • No mucho. Unos 7 años según creo.
  • Joder. 7 años. Parece que fuese hoy.
  • Tranquilo. Hay almas que tardan incluso cientos de años en ser recogidas.
  • ¿Entonces, porque has venido tan pronto a por mí?
  • Os escojo al azar.
  • Has dicho que es una pequeña burbuja, ¿Estoy solo aquí encerrado?
  • No exactamente. Están los errantes.
  • ¿Los errantes?
  • Almas condenadas sin derecho a una fecha concreta de juicio. Normalmente, suelen ser suicidas, asesinos, violadores. Gente considerada escoria.
  • Si cuando fallecí, se creó una parcela del mundo en que vivía, ¿como puede haber almas errantes?
  • Para ellos, todas las tierras de las almas están juntas en un mismo mundo. Los errantes vagan por toda la eternidad. Pueden ir a cualquier sitio que deseen, aunque no son conscientes de donde están. Parece que tienes suerte.
  • ¿Cómo? ¿Por qué?
  • Ahí tienes a uno. – dijo señalando con la mano.

            Miro hacia donde le indicaba y observo una figura excesivamente delgada, vestida con simples harapos, cubierta de llagas y pústulas, caminaba lentamente, sin detenerse a su paso ante nada. 

  • ¿Es eso?
  • Si. Pueden estar décadas, incluso siglos vagando. Y como bien he dicho antes, aquí el tiempo transcurre despacio. Quizá demasiado. Siempre es mejor dejarles en paz. Que sigan su camino.
  • ¿Y si no consiguen su juicio?
  • Alguna vez ocurre. Pero no siempre. Les llega la cita pero a veces ya es demasiado tarde. Y no son más que deshechos, almas que ya no sirven para nada. A medida que pasa el tiempo, las almas se consumen hasta convertirse en polvo.

            El errante pasó cerca de ellos como si no estuvieran. Continuaba su errático movimiento a un futuro incierto.
Seguían andando tranquilamente por la avenida. Tras pasar un gran edificio de oficinas, comenzaron a divisar la parte superior de la torre. Ya no faltaba demasiado para llegar a su destino. Seguía pensando en la situación en la que se encontraba. Pronto averiguaría qué había pasado con su vida, y cuál sería su destino.
Cruzaron la calle y dieron con un parque en el que había una fuente formada por cuatro delfines de piedra, y que seguramente jamás habría brotado agua por cada una de sus bocas. Ahora no era más que un antiguo vestigio del pasado. Un pasado del que no sabía nada y ansiaba saber. Alrededor, un pequeño jardín que antaño le debía dar color y alegría, y ahora se veía invadido por la muerte. Al fondo del parque, pudo ver en todo su esplendor lo que pronto sería el fin de su viaje. La Torre del Destino.

 

 


            Llegando ya a la puerta y a menos de tres pasos de ella, las puertas se abrieron automáticamente al interior. Al entrar, un pequeño hall compuesto de una minúscula mesa situada en la esquina derecha. En ella, un anticuado libro y un interfono. Al otro lado, un gran carillón marcaba la hora siguiendo su ciclo. Al fondo, una doble puerta metálica, de color negro, adornada ribetes rojos y dorados. Sentado junto a la mesa, un hombre entrado en años, con una prominente calva, con el poco pelo que le quedaba lleno de canas y unas grandes gafas de pasta, se dedicaba a las tareas de administrador. Tenía un aspecto huraño, poco amigo de la conversación. Visto más de cerca, se veía que los años no le habían tratado bien. Un rostro surcado por las arrugas del tiempo, con unos ojos apagados por el cansancio, quizá después de tantos años ejerciendo la misma profesión.
La extraña figura se acerco a hablar con él. Estando enfrente de él, elevó la mirada fijándola en el invitado.

  • Hola Longinos. ¿Qué me traes? – preguntó el viejo administrador.
  • Al número 220308. – respondió el cosechador.

            Miró el número en su libro y dijo:

  • Perfecto. Le están esperando. – dijo señalando al alma. Pulsó el botón de su interfono. - Ya ha llegado el difunto 220308. Podéis bajar a por él. – informó el viejo administrador.

            Girándose a la extraña figura llamada Longinos, dijo:

  • Que se quedé junto al reloj. Ahora bajaran.
  • Muy bien.

            El cosechador, se dio la vuelta y dijo:

  • Me marcho. Dentro de unos segundos, bajaran dos personas que te llevaran arriba. Allí sabrás todo lo que necesites de tu vida, buena suerte.
  • Un momento. ¿Te vas?
  • Si. Debo seguir haciendo mi trabajo. Es mi destino.

            Observó la hora en el carillón y dio media vuelta dirigiéndose a la puerta.

  • Cuídate muchacho. – dijo sin girar la cabeza.
  • Gracias.

            Se abrieron las puertas del edificio y se perdió en la inmensidad de la noche.
            Se volvió hacia el administrador e intentó preguntarle por el cosechador, aquel al que había llamado Longinos, pero no recibió respuesta alguna. En ese momento, sonó un timbre. Se encendió una pequeña luz verde en la parte superior del ascensor y sus puertas se abrieron por completo. Dos hombres con túnicas de color negro salieron del ascensor. Se volvieron al administrador y le preguntaron si era él. Moviendo afirmativamente la cabeza, les indico que así era y cogiéndolo del brazo, le introdujeron en el interior del ascensor.
            El ascensor, hecho completamente de un frio metal de color gris y un pequeño panel con solo un par de botones. Planta baja y ático. Pulsaron este último, tras cerrarse las puertas y con una ligera presión, comenzó a elevarse… Rumbo a su incierto destino.

 

Acuarelas VITRIA                           

Fin del segundo capítulo

 

A. Alfonso L. Sala Baach

     
   
 
 
     
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