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EL CANTO GREGORIANO Y LAS CATEDRALES

Georges Huysmans descolló como escritor en la culta París de fines del siglo XIX. Su conversión al Catolicismo, pasados los 40 años de edad, se debió en gran parte a su facilidad para percibir y saborear el esplendor de la liturgia católica.
Tenía una genial capacidad para describir lo que veía y sentía, así como para mostrar las correspondencias entre la belleza de la liturgia y las de la arquitectura, la escultura, la pintura, etc. Y puso este precioso don natural completamente al servicio de la fe, como el mismo lector podrá comprobar en el siguiente texto de su autoría.

Lo que me parecía superior a las más celebradas piezas de la música teatral o mundana era el viejo canto llano, esa melodía plana y desnuda, al mismo tiempo sublime y grave. Era ese grito solemne de las tristezas y ufano de las alegrías, eran esos himnos grandiosos de la fe humana, que parecen manar a borbotones en las catedrales, a los pies de las columnas románicas, como géiseres irresistibles.
¿Qué música –por más amplia, tierna o dolorosa que sea– vale un De Profundis cantado en fabordón, las solemnidades del Magnificat , la augusta inspiración del Lauda Sion , los entusiasmos de la Salve Regina , las omnipotentes majestades del Te Deum ?
Artistas geniales se han esforzado para expresar con música los textos sagrados: Victoria, Josquim des Près, Palestrina, Orlando de Lassus, Händel, Bach, Haydn. Todos ellos compusieron páginas maravillosas.

Con todo, sus obras contienen cierta ostentación, se muestran, pese a todo, orgullosas en comparación a la humilde magnificencia y el sobrio esplendor del canto gregoriano. (…)

El canto litúrgico, casi siempre compuesto anónimamente al fondo de los claustros, era una fuente extraterrena, sin marcas de pecado, sin pretensiones artísticas. Era un alto vuelo de almas ya liberadas de la servidumbre de la carne, una efusión de ternuras sobrenaturalizadas y de alegrías puras. Era el idioma de la Iglesia, el Evangelio musical, accesible como el Evangelio mismo, escrito no sólo a los más refinados sino también a los más humildes.

¡Ah, la verdadera prueba del Catolicismo es este arte fundado por él, este arte que nada aún fue capaz de superar!
En la pintura y la escultura, los primitivos; los místicos, en la poesía y en la prosa; en música, el canto llano; en la arquitectura, el románico y el gótico. Todo se conciliaba en un único ramillete de pensamientos: reverenciar, adorar, servir al Divino Dispensador, mostrándole –reflejado en el alma de su creatura, como en un fiel espejo– el auxilio todavía inmaculado de sus dones.

En cuanto al gregoriano, es patente la consonancia de su melodía con la arquitectura. A veces se inclina como los sombríos arcos románicos; otras, surge tenebroso y pensativo como el semicírculo de los arcos. El De Profundis , por ejemplo, se curva hacia adentro, semejante a esos grandes arcos que forman la osamenta oscurecida de las bóvedas.
Lento y nocturno como ellas, sólo se despliega del mismo modo, no se mueve salvo en la penumbra entristecida de las criptas.
A veces, por el contrario, el canto gregoriano parece tomar prestadas del gótico sus nervaduras floridas, sus flechas talladas, sus ruedas de gasa, sus triángulos de encajes ligeros y finos como voces infantiles. Y así pasa de un extremo al otro, de la amplitud de las aflicciones a lo infinito de las alegrías.

Otras veces, como la escultura, se inclina hacia el júbilo del pueblo asociándose a las alegrías inocentes, a las risas esculpidas en los viejos frontispicios. Asume –tanto en el canto navideño Adeste Fideles como en el himno pascual O Filii et Filiæ – el ritmo popular de las multitudes se hace pequeño y familiar. Tal como los Evangelios, se somete a los humildes deseos de los pobres y les proporciona una melodía de fiesta fácil de retener en la memoria, que los eleva a las puras regiones donde sus almas cándidas se postran a los pies indulgentes de Cristo.

Creado por la Iglesia, refinado por ella en los coros de la Edad Media, el canto gregoriano es la paráfrasis aérea y movediza de la inmóvil estructura de las catedrales; es la interpretación inmaterial y fluida de las telas de los pintores primitivos. Es la traducción alada de las prosas latinas compuestas otrora por los monjes elevados, en sus claustros, fuera del tiempo.

     
     
   
 
 
     
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